a que periodo pertenece la musica de handel

Originario de Encuentre, Alemania, el compositor Georg Friedrich Händel, que nació el 23 de febrero de 1685, se considera entre los últimos enormes representantes del estilo barroco.

Según sus biógrafos, a temprana edad mostró una enorme capacidad para la música, con lo que decidió estudiar composición con Friedrich W. Zachow (1663-1712).

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La «materia prima» de El Mesías

En contraste a Bach, que podía pasarse múltiples años para terminar un oratorio, Haendel tenía una velocidad prácticamente sobrehumana, solo igualada por Mozart, Rossini o Donizetti, si bien salvando las distancias entre temporada y género. El Mesías fue escrito en veinticuatro días, entre el 22 de agosto y el 14 de septiembre de 1741, pero en ningún instante hay en su música rastros de prisa o falta de acabado. Lo que sí puede justificar en determinada medida esa velocidad es la propensión de Haendel y otros autores barrocos (Vivaldi el primero) a autoplagiarse, realizando pastichas de proyectos precedentes o aun de creaciones extrañas. Pero entonces absolutamente nadie veía esto como un defecto que menoscabara la calidad de la partitura final, conque tampoco habría de ser considerado como tal actualmente. Siendo poco recurrente conseguir las referencias específicas al material del que se valió Haendel para acabar esta obra tan velozmente, garantizamos aquí una descriptiva relación de los temas que menos esfuerzo le supusieron a lo largo de la composición.

La mayoría de esta música está tomada de los Duettos X (entre 1710 y 1713, correspondiente al llamado «intérvalo de tiempo de Hannover» del músico), XV y XVI (entre 1740 y 1741, muy antes de El Mesías). Si bien asimismo hay que viene de himnos y aberturas, como es la situacion del Aleluya.

«Su genio –asegura Rolland– no forma parte a la categoría de quienes proceden por un solo sendero. Su genio absorbe toda la vida y se integra en ella. Su intención artística es objetiva, se amolda a los diferentes espectáculos de las cosas fugaces, a la nación, al unísono que vive, a exactamente la misma moda. Se amolda a las influencias del resto, se apropia de los estilos y de los pensamientos del resto. Pero su poder de asimilación y el soberano equilibrio de su naturaleza son tan enormes que jamás se someten a la masa de los elementos externos. A la inversa: su genio asimila cada aspecto, lo domina y controla.»

Tanto con la ópera como con el oratorio, hemos visto de qué forma el genio de Handel fue capaz, como afirma nuestro Rolland, de amoldarse al planeta de las cosas fugaces ahora sus óbices, de mudar su cara (pero no su) identidad) para contestar con mayor efectividad a los cambios de todo el mundo real. Los idealistas, hijos del genio beethoveniano que va alén de las cosas sintiéndose superior, no dejaron de ignorar o aun criticar ese aspecto de la vida de Handel, tal y como si tanto contacto con el planeta de las cosas hubiese podido contaminar a su genio puro y virgen. En verdad, fue justo por medio de ese contacto tan profundo y también profundo con el planeta real y preciso que el genio de Handel alcanzó tan prominente vértice. De esta forma fue, por servirnos de un ejemplo, en 1707, en el momento en que se abrió sin límites a la tendencia italiana consiguiendo todos y cada uno de los estímulos que ese planeta mágico le ofrecía en ese instante para, después, guardarlos hacia Inglaterra y su capital. Y de esta forma fue asimismo en los años treinta del siglo XVIII en el momento en que, observando medrar las críticas de los británicos hacia sus óperas, probó su aptitud de mudar completamente su ruta al arrimarse al planeta del oratorio.

Amoldarse al planeta significa seguir por diferentes caminos, nos enseña Rolland. Y de este modo fue con Georg Friedrich Handel: durante su extendida trayectoria, su genio musical no se dedicó solo a la ópera y al oratorio. Desde sus primeros ensayos musicales, encerrado en la azotea de su casa en Encuentre a ocultas de su padre, Handel vio en la música instrumental un factor primordial de su identidad artística, un ingrediente preciso para llenar su perfil de compositor.

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En el mes de marzo sus condiciones de salud mejoraron dándole la oportunidad de finalizar la composición antes del otoño de 1751 y presentarla en el Covent Garden en el mes de febrero de 1752: fue un éxito rotundo. La música, intensa, emotiva y medida, había dado forma a un oratorio de excepcional teatralidad.

El genio de Handel, sin dejar la dimensión coral y escenográfica propia de este género musical, había logrado una exclusiva y emocionante privacidad que la sociedad inglesa, poco a poco más ilustrada y menos barroca, apreció sin reservas.

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