con tu musica o con la mia pdf

El vehículo frena al lado de la acera y me estimo antes que el aparcador de turismos logre llegar a mi puerta. Jamás en mi vida he tenido tanta prisa y no me importa si alguien se da cuenta. Estoy sola en el momento en que subo corriendo los peldaños del edificio, y estoy asimismo sola en el momento en que atravieso el inmenso y desierto vestíbulo y entro en el magnífico salón de baile. Adornado con guirnaldas de luces destelantes y tachonado de mesas cubiertas con mantel blanco, está repleto de personas que conozco desde hace unos años. Y es en ese instante en el momento en que me siento mucho más sola que jamás: en el momento en que entro en el baile de fin de curso de mi promoción. Es culpa mía, naturalmente. Sí, fue un chaval el que me rompió el corazón, pero yo cometí el fallo. Fui yo quien rompió una promesa. No obstante, sostengo la cabeza alta pues tengo un fundamento para estar aquí. Debo hacer un enorme ademán romántico, vocalizar un alegato épico, dejar que mi corazón lleno de mal se deshaga sobre el rallado suelo de vinilo. Escurrio la pista de baile y lo veo en un radical, acunándose por todos lados como acostumbran a realizar los chicos en el momento en que no desean (o no tienen idea) bailar. No me busca con la mirada, pero es lógico, en tanto que está con otra muchacha. Ella está a su lado, y los dos tienen los dedos entrelazados. Nada de lo que ocurra esta noche va a ser simple. OTOÑO 1 Más allá de que se me ve a la perfección en mi nuevo porche delantero, el chaval que, mal que me pese, viene a recogerme en vehículo comunica su llegada con una fuerte bocinada, suficientemente fuerte a fin de que traspase la música de los Damned, que suena por medio de mis auriculares de botón. Oliver Flagg es el género de chaval al que le agrada realizar una entrada triunfal. Quisiera que su mastodóntico turismo chupagasolina se detenga absolutamente antes de parar mi música y dirigirme hacia él. Lo que sea Oliver escucha —escucho una batería y unas guitarras— se pausa bruscamente en el momento en que me acerco. Si bien con mi metro sesenta y cinco de estatura soy un individuo de un tamaño completamente razonable, prácticamente debo tomar impulso para saltar y meterme en su vehículo, horriblemente grande, pero al final consigo instalarme en el taburete , con el cinturón de seguridad abotonado y la mochila sobre mis rodillas, deseando que este viaje —y mi último año de centro— terminen a la mayor brevedad. —Llegas diez minutos antes de lo pensado —ha dicho Oliver. Visto que nuestras mamás sean íntimas amigas no quiere decir que nosotros debamos continuar exactamente el mismo sendero. —Tú ahora estabas lista —responde con tono afable—. Me aguardabas fuera, toda arreglada por tu primer día de centro. Como llevo uno de mis trajes comunes —texanos, Converse y un top negro sobre otro blanco— creo que ha amado llevar a cabo un comentario jocoso, si bien quizás no sepa qué es lo que significa la palabra «jugoso». —Se encontraba oyendo música. Abrazando la soledad. —En este momento puedes abrazar a nuestra compañía recíproca. —Oliver me dedica la sonrisa de deportista-tío-bueno-superpopular antes de ofrecer marcha atrás hacia Callaway Lane—. Además de esto, es requisito llegar temprano el primero de los días de clase. Estos son los días de gloria, Rafferty. —Días de gloria. —Las expresiones van de mis labios con tono apagado. En lo que se refiere a mí, el centro es un periodo que hay que sobrepasar y olvidar. No necesito regodearme en su pomposa tradición. Pero este es Oliver Flagg. Le llama el puramente ornamental. Se revolca en la frivolidad. Si existe la posibilidad mucho más recóndita de algo relacionado con un formulario de inscripción o una pancarta encomiando el «espíritu» académico o un tío disfrazado de pájaro (la mascota de nuestro centro es un petirrojo), Oliver s apunta. En definitiva…, le chifan estas gilipollecos. Y yo las odio. Las odio intensamente. Viramos por Plymouth y ascendemos hacia el oeste sumidos en un tenso silencio mientras que pastos, arces y viviendas de cultivo desfilan al lado de nosotros a los dos lados. Resulta increíble que una región rural tan vasta permanezca a tan solo veinte minutos fuera de la región. Me paso los dedos por el pelo, que no es completamente castaño ni totalmente rubio, no completamente liso ni totalmente rizado. No es completamente nada…, como yo. Me pinto los labios con gloss. Me rebolo en el taburete y, sin estimar, propino una patada a la docena de botellas de plástico vacías que hay a mis pies. Sin poder soportar mucho más, en el final suelto lo que los dos nos encontramos pensando. —Mira, lo comprendo. Nuestras mamás no nos consultaron en el momento en que se les ocurrió este plan. —Oliver me mira pero no afirma nada, conque prosigo—: No pasa nada. Tienes cosas mucho más atrayentes que realizar. —Las cejas se juntan en el centro—. Puedes llevarme al centro unos cuantos ocasiones mucho más a fin de que no se cabreen y después vamos a pensar una explicación. Les afirmaremos que tienes entrenamiento y yo voy a tomar el colectivo. En esta ocasión, las cejas de Oliver se disparan hacia arriba. —¿Entrenamiento? —Publicar una pelota, ofrecer patadas, regatear o lo que sea hagas. Seriamente, no me importa. Los labios de Oliver esbozan una media sonrisa. —Mi… esto… entrenamiento de regateos es tras clase. No me piensa ningún esfuerzo pasarte a agarrar por las mañanas. —Y a mí no me importa tomar el autobús. -Es un camino de hora y media. El autobús da una vuelta colosal por las afueras antes de llegar al centro. Oliver lleva razón, pero odio transformarme en un caso de caridad. —Sé que has juntado alguna reputación de buen tipo, pero no es necesario que pases a recogerme. Es horrible. Elevado. —Si bien un tanto tarde, me percato de que Oliver quizás no va a coger mi adelantado vocabulario, tal es así que se lo aclaro a fin de que lo comprenda—. Es bastante. —No me importa. Me rebolo nuevamente en el taburete y observo su perfil. Ciertas chicas de nuestra clase darían cualquier cosa por estar en mi lugar. Son chicas que dan mucha relevancia a una piel bronceada, unos buenos músculos y unos ojos de color cobrizo chocolate (he oído a Zoe Smith referirse a ellos como «ojos de alcoba»), pero estas cosas me dejan fría . A mí lo que me atrae es el intelecto. —Claro que te importa. ¿Por qué razón tienes que asumir la compromiso de llevar a alguien al centro cada día? Oliver lanza una racha de minúsculas carcajadas. —Tú y tu madre se han mudado a una vivienda que está a cinco minutos de la mía y paso justo por enfrente, verdaderamente… —Siento un pinchazo de gratitud por la adecuada utilización de la palabra «verdaderamente»—. Tal es así que sosegada, Rafferty, no me importa pasarte a recogerte. El ofrecimiento es muy amable por su lado, y se lo agradezco enserio más allá de que mi actitud indique lo opuesto, si bien esto no quita a fin de que yo sea… como soy. —Es una situación un tanto extraña, ¿no hallas? —No hasta el momento en que lo has citado. —Ríe nuevamente mientras que pasamos con el semáforo en verde y tomamos la autopista hacia Ann Arbor—. Mira, te sugiero algo: hacemos lo que frecuenta llevar a cabo la multitud. No tengo (verdaderamente) ni la más mínima idea de lo que tiene relación, con lo que espero. —Vale, comenzaré yo —afirma Oliver—. ¿A quién tienes de tutor? Ah, ahora comprendo. Charla. En concordancia. Lo puedo procurar. —En Vinton. ¿Y tú? —En Webb. La tuvimos en segundo. Es bastante enrollada. Rebusco en mi cabeza otros temas de charla hasta el momento en que al fin doy con lo único que Oliver y yo poseemos en común: el centro. —¿Qué materias optativas has escogido? -Fotografía y ciencias familiares. No puedo eludir sonreír. —Al decir «ciencias familiares», ¿te refieres a economía doméstica? Oliver se encoge de hombros. —Es una clase de cocina, pero si deseas emplear un término obsoleto, adelante. —Es que me llama la atención. —Las cabezas vacías como Oliver acostumbran a escoger materias optativas como gruñidas. O alzar pesos pesados. O técnicas de intimidación de principiantes. —Me llama la atención tu misoginia —responde. —Ya que me llama la atención que sepas la palabra misoginia. Oliver me pica uno de esos ojos castaños «de alcoba». —La vida no deja de sorprendernos con sus pasmantes revelaciones, ¿no? Vamos, un guaperas con un vocabulario. Un guapocabulario, por de esta manera decirlo. —Para ser sincero, me he apuntado a este tipo por una historia imbécil con Theo —me comunica Oliver—. Hicimos una apuesta. Y perdí. En este momento debo proceder a ciencias familiares. —¿Qué apuesta? —Una estupidez entre tíos. Me recline en el taburete de cuero. Por ser justa, si bien técnicamente conozco a Oliver desde el momento en que nació, de todos modos no lo conozco. Solamente tuvimos trato desde el parvulario, en el momento en que nos casamos en el patio, bajo los travesaños de los pasamanos, en una liturgia oficiada por Shaun Banerjee. Nuestra relación se consumó con un parche beso y se anuló 2 horas después en el momento en que discutimos en clase de pintura. Acabó en el momento en que la directiva nos llevó a su despacho y nos sentamos, cubiertos de pintura azul, a aguardar a que nuestras mamás nos llevaran ropa limpia. ¿Quién imaginaría que desde ese momento Oliver habría superado su etapa de monosílabos? —¿De qué forma está Itch 1? —me pregunta. Su pregunta me deja un tanto descolocada. No sabía que conociese a Itch. Por otro lado, no sé de qué manera responderle. —Bien —contesto por fin, por el hecho de que quizá sea verdad. seguramente. Esto espero. Itch —asimismo popular como Adam Markovich— es mi novio… creo. Antes de irse a pasar a Florida, me mencionó que era absurdo que nos quedásemos en el hogar aguardándonos y que debíamos salir con otra gente. Yo estuve en concordancia (¿qué otra cosa podía llevar a cabo?) y supuse que esto era el principio del fin. Entonces Itch comenzó a llamarme o mandar sms prácticamente todos los días, con lo que me figuré que no salía con absolutamente nadie. Como resulta lógico, a mí tampoco se me ocurrió proclamar a los 4 vientos que besé a Ethan Erickson el 4 de Julio, con lo que posiblemente Itch asimismo me fuera infiel. Ya que nada de o sea del dominio público, no sé por qué razón me lo ha preguntado Oliver. Me vuelvo hacia él. —¿De qué forma sabes con quién salgo? —No vivo bajo una roca. —Ahora, solo bajo un casco. —Itch y tú haced manitas en el centro. Vamos, vamos. Me choca que alguien fuera de mi con limite círculo de amistades sepa lo que hago con mis manos. —No supuse que te habrías fijado. Oliver desplaza la cabeza. —Tú sabes quién es mi novia, ¿no? Bien, sí. -Ainsley Powell. —Oliver me mira con tanta cara de satisfacción que me entran ganas de defenderme—. Pero esto lo sabe todo el planeta. —Tía, es nuestro último año. A esta altura todo el planeta sabe quién es quién. Me rebolo nuevamente en el taburete, intentando de instalarme de forma cómoda. El vehículo es tan colosal que solamente llego a conocer por las ventanas. —Sí, es nuestro último año. Cogemos la salida y ascendemos a la calle Major, con sus estaciones de servicio, guardes de jergones y rótulos desguazados referentes a géneros de interés hipotecario de la región. Mucho más que verla, siento la mirada de Oliver. —¿No andas algo conmovida? —me pregunta. —No. —Es nuestro último año. El año. ¡Uf! —No deseo jorobarte el día, pero eso no significa nada —ha dicho—. No es la vida real. —Es preferible que la vida real —contesta Oliver—. El centro nos prepara para la vida real. En esta ocasión soy yo quien suelta la carcajada. —Por favor… Nada de lo que hacemos tiene en este momento relevancia. Oliver me mira boquiabierto. —¿Bromeas? —Te aseguro que no. Piensa en ello. —Me vuelvo para mirarle a la cara —. En el planeta real, en el enorme emprendimiento de la vida, este año no va a contar por nada. Estas son las amistades que no duran y las selecciones que no cuentan. Todas y cada una estas cosas que en este momento nos preocupan tanto, como quién va a ser el presidente de la clase y si vamos a ganar el partido este fin de semana, las vamos a olvidar en un tiempo. Ni nos recordaremos que nos preocupaban. En precisamente trescientos sesenta y cinco días desde este momento, tu chaqueta de atletismo con las iniciales del centro o tu anillo de clase te van a hacer parecer un perdedor total. Oliver pestañea. —Fotre, qué fatalista eres. —No soy fatalista, soy verdadera. —Hablo seriamente. No odio mi vida ni me siento desgraciada, pero sé de qué manera marcha el planeta. No necesito fingir. Proseguimos en silencio unos minutos, hasta el momento en que, al pasar al lado de un rótulo que nos ofrece la bienvenida al centro de Ann Arbor, decido procurar calmar la tensión. Al final de cuenta, si bien no me apetezca pasar el momento con Oliver Flagg, todo señala que más adelante previsible vamos a deber comunicar estas primeras horas del día cinco ocasiones por semana. —No pretendo comportarme como una cretina —le digo—. Puedes entretenerte en el centro. Pero no pienso que debamos fingir que significa mucho más de lo que verdaderamente significa.

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