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Al sentarse se disculpa por el retardo, si bien llega puntual, y por venir con Chispa, si bien la perra es tan sensato que no desplaza ni un pelo en hora y media de charla. Mikel López Iturriaga (Bilbao, 1967) se fatigó un día del periodismo cultural y se pasó al gastronómico, si bien lo propio no se ajusta a los fogones. En su blog Ondakin.com logró recetas, sí, pero asimismo charló de sitios de comidas y de nutrición o de la relación que los alimentos tienen con la música, con la civilización e inclusive con la política. Desde 2009 lo conocemos como El Comidista de El País, un espacio donde López Iturriaga mantiene el formato blog para charlar de lo que sea mientras que cumpla 2 condiciones: que se logre comer y que logre comerlo alguno. Compartimos con él un desayuno en Barcelona para charlar de cocina y de alimentos, de los weblogs y del periodismo y de por qué razón, a su juicio, jamás, jamás –pero jamás– hay que tirar la comida.

Una vida dedicada al baloncesto

Empezó su trayectoria en el baloncesto en su localidad natal y estuvo en activo a lo largo de 15 años donde está, tras el fútbol, ​​el deporte mucho más seguido en España. Su dedicación, esfuerzo y afán en entre las disciplinas mucho más practicadas de todo el mundo le logró ganar siete ligas españolas, tres Copas del Rey, una Supercopa de España y tres Copas Intercontinentales, entre otros éxitos. Una carrera de este calibre provoca que la persona viva vivencias y experiencias únicas; y consigue valores que solo entiende un deportista de prominente desempeño.

“El baloncesto enseña el valor de trabajar bien colectivamente, de comprender que el éxito del conjunto es el más destacable sendero para lograr tu éxito, de estudiar a convivir con la derrota. Te enseña la solidaridad, el comunicar y convivir en lo bueno y en lo malo”, cuenta Iturriaga. El ex- jugador enseña que la mayor parte de estos valores tienen relación con el conjunto, o sea, el aparato y el compañerismo bien comprendido. La vida de un deportista es sacrificada. El ritmo es distinto y la persona puede sentir que renuncia a ciertas experiencias, pero Iturriaga afirma que, a pesar del sacrificio, no cambiaría por nada.

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En el momento en que lo recuerdo, lo veo en varios sitios al unísono. Haciéndome la bronca en el vestuario tras mi riña con Mike Davis, de la que debió venir a rescatarme y por la que le expulsaron. Parado, apoyado en una pared, con un refresco en la mano y con cara de medio aburrimiento, en teoría extraño a todo, música, mujeres, hablas, aparente desinterés que ocasionaba estragos a la población femenina. Mirándome descreído en el momento en que, tras un almuerzo en el hogar, al marcharme enganché una piña con la motocicleta enfrente de su padre. “Fotre, tío. Tras lo que me ha costado persuadirle para adquirirme una, vienes tú y te das una hostia aquí mismo”. Llorando de desesperación una vez que Dino Meneghin, profesor en estas artes, le sacara unos cuantos personales de ataque y le mandara al banquillo. Persiguiendo conmigo a Drazen Petrovic, que le había escupido en la cara al terminar un partido en Zagreb. Pidiendo el balón en cualquier partido y amenazándote solo con la mirada si no se lo dabas. La última cara que recuerdo se ajusta a unas semanas antes del incidente. Yo ahora se encontraba en el Caja Bilbao y jugamos frente al La capital de españa en el Palau. Fernando se encontraba lesionado y, tras el partido, mientras que salía intentando encontrar el autobús, me lo hallé. Le pregunté de qué manera se encontraba y cuándo volvería a divertirse. Me mencionó que ahora le hacía falta poco. Y me lo ha dicho de manera diferente a la rutinaria, con un brillo de ilusión que me dejó pensativo. Desde el regreso de la NBA no se encontraba muy próspero de ánimo, y me alegré de que su predisposición fuera efectiva. Lamentablemente, no hubo tiempo para corroborar mi sospecha.

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